
Artículo aparecido en el diario EL MUNDO.
El profesor Cuyami hace un retrato del estado de la educación a
través de la confesión de su hastío. Alumnos, compañeros profesores,
políticos y padres pasan por esta galería del desencanto.
Estoy cansado de escucharle a los compañeros: «Fulanito a mí
me trabaja».
Estoy cansado de que no me hagan caso los alumnos,
ni nadie.
Estoy cansado de los dolores de garganta.
Estoy cansado de escuchar que los profesores no trabajamos.
Estoy cansado de que mi director tenga un horario donde no existen
la mitad de sus horas.
Estoy cansado de que siempre que escucho
«don» sea con ironía.
Estoy cansado de los consejos de muchos pedagogos,
que no han entrado en un aula jamás.
Estoy cansado de que los políticos se apunten tantos que no mete
nadie, pero que si alguien los metiera, seríamos nosotros.
Estoy cansado de solucionar robos de lapiceros y estuches.
Estoy cansado de temer por la chapa de mi coche.
Estoy cansado de planes absurdos como el proyecto de calidad, las ecoescuelas,
los espacios de paz y todas esas sandeces que no arreglan nada.
Estoy cansado de rellenar partes que no sirven y de que se
critique Educación para la Ciudadanía habiendo quinientas
cosas que están peor.
Estoy cansado de pedirle a los alumnos que abran el libro.
Estoy cansado de escuchar cómo me faltan al respeto.
Estoy cansado de leer noticias de agresiones a docentes,
sin que nadie haga nada.
Estoy cansado de tener que coger el coche cada mañana
y de conducir para llega a mi puesto de trabajo
mientras muchos impostores aducen una comisión de servicio
por enfermedades que no existen.
Estoy cansado de la falta de medios, de las clases de más de
treinta alumnos y de sentir que nadie me escucha mientras hablo.
Estoy cansado de regañar a los hijos, de regañar a los padres
y de que los segundos compren motos a los primeros para
celebrar que los he suspendido.
Estoy cansado de ver alumnos promocionar, sin aprobar ni el recreo.
Estoy cansado de poner notas que no sirven de nada.
Estoy cansado de corregir gratis pruebas extraordinarias
que se inventa la Junta para engañar a la gente.
Estoy cansado de perseguir a los camellos, de buscar
droga en las mochilas, de descubrir a niñas embarazadas,
de hacer de psicólogo, asistente social, estetícista y hombre de
la limpieza.
Estoy cansado de ver papeles por el suelo, de escuchar
gritos en los cambios de clase, de la Ley del Menor, de las
Leyes de Murphy, de ser mirado como un traidor por los alumnos
y un mercenario por los padres.
Estoy cansado de las promesas de la Junta, de los sindicatos,
de las propuestas de los sindicatos, de las propuestas
que nunca llegan a nada, de los aumentos de sueldo que nos «proponen»,
de asistir al Centro por la tarde para perder mi tiempo,
de los cursos del CNICE, de los cenizos cursos del CEP,
de preparar actividades que los alumnos no aprecian, del lenguaje
no sexista, los membretes de la Junta sobre cualquier cosa,
los accidentes, las bibliotecas sin libros y los centros TIC sin
demasiados ordenadores y con demasiados tics.
Estoy cansado de los inspectores. Sí, estoy cansado de los
inspectores.
Estoy cansado de que todo el mundo le eche la
culpa de todo a la educación, de que las familias se desmoronen,
de llegar a punto del colapso a casa, de las ganas de matar
a alguien, de no poder castrar químicamente a los futuros violadores
que acosan ya a ciertas alumnas, de los padres que fuman
porros delante de sus hijos, de los políticos, de todos los
políticos, de absolutamente todos los políticos, de las leyes de
Educación, reformas, contrarreformas, análisis e informes infumables.
Estoy cansado de pasar frío en invierno, de pasar calor
en verano, de la falta de corporativismo, de no ser ni tener
autoridad, de que lo rompan todo, de no poder dar clases, de
que los contenidos sean una anécdota porque son secundarios
en Secundaria, de pedir perdón por explicar a última hora, de
las programaciones y unidades didácticas, de colocar unos en
vez de ceros, de ver cómo todos se cruzan de brazos, de sentir
miedo, de ser engañado, de sentirme solo, de saberme sembrador
en el desierto, de tantas mentiras, hipocresía, falta de educación
en Educación, blasfemias, políticas e ira.
Estoy cansado. Pero lo sé: son solo gajes del oficio.
Los funcionarios no lloran, pero sí pagan impuestos.
.....................
Después de leer esto y sentirme tremendamente identificada, llegas a ese punto en tu mente en que te preguntas... ¿esto es lo que yo queria ser de mayor?
Creo que debo replantear mis opciones de futuro.
domingo, 8 de junio de 2008
Los funcionarios no lloran
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